La belleza...


No te quejes de que otros no te amen a ti o a la vida.
Si tú simplemente lo haces,
todo estará bien.

lunes, 27 de junio de 2011

La Guerra del Fin del Mundo


La Guarra del Fin del Mundo - Mario Vargas Llosa

A finales del siglo XIX, en las tierras paupérrimas del noreste del Brasil, el chispazo de las arengas del Consejero, personaje mesiánico y enigmático, prenderá la insurrección de los desheredados. En circunstancias extremas como aquéllas, la consecución de la dignidad vital sólo podrá venir de la exaltación religiosa -el convencimiento fanático de la elección divina de los marginados del mundo- y del quebranto radical de las reglas que rigen el mundo de los poderosos.

Así, grupos de miserables acudirán a la llamada de la revolución de Canudos, la ciudad donde se asentará esta comunidad de personajes que difícilmente desaparecerán de la imaginación del lector: el Beatito, el León de Natuba, María Quadrado... Frente a todos ellos, una trama político-militar se articula para detener con toda su fuerza el movimiento que amenaza con expandirse.

La primera novela que Mario Vargas Llosa situó fuera del Perú es un prodigio de expresión de mentalidades profundas, de pasiones irracionales y desbocadas fuerzas sociales. Un relato exhaustivamente documentado, tanto a través de lecturas como de viajes sobre el terreno en el que tuvo lugar este acontecimiento histórico. Un libro fundamental en la historia literaria del siglo XX.

Libro altamente recomendable! Sobre todo para quienes les gustan las novelas históricas, y más relacionadas con Brasil, la esclavitud, diferencias sociales, desigualdad, etc...
Una aclaración: la religión de la que habla no es la de la iglesia católica. Es la verdadera expresión de la Fe, sobre todo en gente como esta, que es lo único que tiene: sus creencias y convicciones.

viernes, 24 de junio de 2011

Ellos Tres


Fue una de esas tardes en que el gris, mezclado con la llovizna y el frío de junio nos hacen pensar dos veces antes de salir de casa.

Fue una de esas tardes que ponen en obvio que el invierno ya llega y trae consigo la dificultad para quien no tiene abrigo.

Fue una de esas tardes que por la época son casi noches, casi tristes, casi solas…

De esas tardes en que agradecemos tener un techo, el calor de un hogar, una familia, un mate, una sonrisa.

Una de esas tardes los vio. Eran tres. Uno se bajó del carro en que venían, con el pelo hecho sopa. Trece habrá tenido, o catorce, quién sabe. Los otros dos eran más chicos, sentados juntitos sobre el tablón que hace de asiento, para conservar el poco calor que hacía que esos corazoncitos no perdieran la esperanza…

Bajó y entró a la panadería. Salió sin nada. Ni siquiera mostraban sus ojos marrones el desencanto. Entró en la fábrica de sanguches de al lado, dos le regalaron. Volvió despacio al carro y se los dio a sus hermanitos, primos, o cual fuere el parentesco. Comían de a poco.

Él había salido de la panadería con una bolsa de francés recién sacado del horno, con la pretensión de llegar a su casa, hacerse unos mates y descansar un poco. No pudo.

La imagen de los niños lo contuvo antes de cruzar la calle, de sentarse en el auto. Esa imagen… Pensó dos o tres veces, intentó moverse, nada… Se les acercó despacio - ya a esta altura habían terminado la comida – y les preguntó si querían un par de facturas. “Sí” respondieron al unísono. Con aire decidido entró en la panadería, sacó unos billetes y le dijo a la panadera: “dame unas facturas, y con el vuelto un par de criollos”. El más grande de los chicos esperaba afuera, recibió sin decir palabra. Al subirse al destartalado móvil los tres miraron y dijeron “muchas gracias, eu”. Las sonrisas lo conmovieron, se sintió bien.

Cuando había cruzado la mitad de la calle se le hizo un nudo a la garganta. Derrepente y como un niño empezó a llorar, desconsolado, irremediablemente triste. Cerró la puerta del auto y siguió llorando, hizo las cuadras que lo separaban de su casa y todavía lloraba.

Esos ojitos, esas caritas, las manos trémulas al recibir la comida, las miradas de satisfacción. El agradecimiento, el hambre, la felicidad, la simpleza, la pobreza…

Las lágrimas no cesaban de caer por sus mejillas, su cuello, su cuerpo, su todo. El nudo que genera la injusticia no aflojaba en su garganta, quería volver, sonreírles, decirles algo… ¿Qué? No se le ocurría, ni tenía el coraje…

Todas las contradicciones de su mundo lo golpeaban salvajemente, las injusticias lo cortaban, las faltas de respeto lo hincaban, las de amor por la vida lo dejaban así… Tirado. Sin fuerzas para seguir parado. Con un dolor más que agudo en el pecho y la mirada nublada, como ese cielo, que también lloraba.

Y no era la primera vez que llovía, ni la primera que los veía, ni la última en que sufriría…

martes, 21 de junio de 2011

El único camino.

Tengo una idea. Y no es que que quiera que prosigan de alguna manera determinada frente a mi propuesta. No, es sólo una idea. Confieso que hace mucho que la tengo pero a veces no me convence, ojo, sólo a veces.

¿Y si nos amamos? Digo, aunque sea un poquito.

No de ese amor de hombre hacia mujer o mujer hacia hombre, o mujer a mujer y hombre a hombre. ¿Se entiende no?

Voy más al amor al prójimo. Al amor como respeto, afecto del común, pero que no es tan común en estos tiempos.

Cada día que pasa me sirve para convencerme de que esa es la salida a todos los males humores, estrés, violencia, corrupción, decadencia, desilusión...

El cariño muchas veces, o todas, es lo que hace a la felicidad.

A diario veo gente hosca, que camina por la calle, pensando en lo tarde que llega a su destino, sin pensar en el porqué de su camino. El tiempo apenas les alcanza para respirar. Como muñecos programados construyen su vida buscando la solución en aumentos de sueldo que sólo harán más peso en sus bolsillos, casas tan grandes como vacías de vida o autos que corren tan rápido que hacen que la vida pase con la misma velocidad. Y cuando terminan el trayecto se dan cuenta de que la velocidad se les hizo fugacidad y les impidió ver el paisaje y de nuevo a empezar de cero.

Propongo dejar de temer. Sí, porque el amor lastima. Cuando uno ama tiene más que perder, más por lo que preocuparse, y tanto más de lo que satisfacerse. El cariño logra estabilidad, cada afecto es un pilar. Mientras más amamos, mientras más damos, más fácil es mantenerse en pie. A cada tropiezo tenemos en que apoyarnos, y cada vez que lo pensamos hace que miremos para adelante, divisemos un horizonte cálido y satisfactorio, no el gris del asfalto que es siempre el mismo.

Comprendo la complicación de la entrega, pero opino que es lo único que nos hace salir de nuestro egoísmo. El ser para los otros es tanto más satisfactorio, tanto más humano, tanto más real. Compadezco profundamente al que no lo ha experimentado, y lo considero poco posible.

El que pregona que las relaciones casuales son lo más satisfactorio es o hipócrita o un ser que nunca ha sido amado. Cada beso sin sentido es un número borroso de labios. Cada cama distinta es un cuerpo del cual ni el olor se recuerda. Y lo más grave es la falta de memoria para una mirada, eso sí que entristece...

Confieso en que cuando el amor demora mucho en llegar uno tiene que recurrir a estos remedios pasajeros para no perderse en la búsqueda. No termina de satisfacer, es como un remedio que prolonga la agonía, nada más. Cabe tener totalmente en claro que sólo se busca en estos contactos una salida provisoria.
Realmente no consigo considerar sinceros a los que hacen de este pasatiempo un modo de vida, ellos también están esperando, pero lastima su ego admitirlo, les cuesta horrores pensar que también aman, como todos...

La gente se hace de abrazo en abrazo, por lo menos es mi experiencia y de los que me acompañan en la vida. Por eso lo menciono y respeto al que esté en desacuerdo, soy partidario de la pluralidad de opiniones.

Pido a quién sepa de otro camino para llegar a una felicidad real que me lo enseñe, y no me vengan con promesas de poder, sueños de fama o consecuencias del querer...




lunes, 20 de junio de 2011

El lado escuro del Corazón


"No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible

- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!"


Espantapájaros - Oliverio Girondo


Dejo esta cita, de la película "El lado oscuro del corazón", de Subiela. Excelente, tan triste como real...

domingo, 19 de junio de 2011

Cuando el tiempo trajo respuesta


Por experiencia propia pienso que no siempre se consigue lo que uno espera al final del camino.

Esta vez el agua trajo este momento en que la soledad y la tristeza acuden a nuestra puerta para confesarnos que perdieron la apuesta.

Nosotros la ganamos, porque ni un ápice de esa oscuridad nos roza, ni el pensarla nos eriza la piel.

Los sonidos aparecen reflejados en nuestro ahora como la escalera que nos acerca al éxtasis.

Lluvia y mar se juntan en un solo suspiro; lágrimas se sumen en la tibia inmensidad que las absorbe, las contiene y las hace volver a su origen, brindándoles el dejo de esperanza que nos pide a gritos nuestro ser.

Objetos concretos se sumen en la abstracción de este tiempo que paró, y lo matizan encandilándonos. Dentro del cúmulo de luz no observamos, sólo sentimos, somos. Y ese sentimiento se convierte en lo indescifrable, lo indescriptible.

Aquel ser, producto del camino que surcaron sus amores, siente emoción. No sabe si creer en el cuadro que se dibuja ante sus ojos, que están inmersos en la costumbre abatida de la vulgaridad y la monotonía que causa el materialismo. Tras la superación de lo dubitativo del paréntesis sigue ardiendo la vela interna del idealismo, que nos hace continuar aprendiendo a volar en los cielos del mundo en que vivimos.

Con dolor, aquel sueño, como todos, tiene su final, a pesar del la interminable satisfacción que sólo nosotros sabemos que quedó guardada en el cajón más profundo de nuestro existir. Ese que cuando se abre causa que la mirada se pierda nuevamente en aquellos mares, y vuelva a ser libre, y vuelva a sentir, a experimentar el recuerdo.

Amanecemos en la circunstancia que habíamos abandonado minutos atrás, durante un lapso casi eterno. El contenido onírico siempre permanece, y en esta instancia se confunde con la vigilia, quisiéramos un intercambio. Esta vigilia termina siendo la incansable espera para que el alma se reúna nuevamente en inspiración y coraje y sea aquello que creemos: un pozo de agua interminable, en que sólo a veces divisamos algún reflejo, es uno de estos momentos.

Finalmente, cuerpo y alma se funden en un concepto, el ser en plenitud, que puede pensar, pero nunca deja de sentir.